"La guerra debe terminar, no por
una derrota militar, sino porque el mando ha perdido la razón o sirve a otros
fines". Rommel.
Lejos
de la épica histórica convencional, no es imposible pensar que los dos bandos
de la contienda mundial se encontraran bajo el mismo mando y control de la
élite financiera y manipulados por los intereses que pretendían la aniquilación
física de Europa para traer un nuevo orden económico global, en el escenario
posbélico de la reconstrucción posterior a la guerra. Todo ello, bajo el
contraste objetivo del hecho de que ciertas industrias estratégicas no eran
sentenciadas bajo el dictado de los efectos de las bombas, por lo que la
situación hacía presagiar la confirmación de un tablero cuyo resultado estaba
decidido de antemano por quienes manejaban el dinero. En África, la falta de
combustible y suministros de Rommel era inversamente proporcional a la navegación
del petróleo de la Standard Oil por otras rutas logísticas del Mediterráneo,
por lo que es lógicamente deducible que la propia canalización de recursos
alemanes, podría estar siendo saboteada desde dentro de sus propias filas, con
el fin de prolongar la guerra en otros frentes y destruir los recursos de las
potencias litigantes. Sólo así, se explica la inacción de las divisiones Panzer
durante el Día D, bajo el control directo del Alto Mando de la Wehrmacht OKW, y
la estricta orden directa de Hitler de no movilizar las unidades blindadas en
las costas del desembarco, contraviniendo la voluntad del mariscal. Rommel, en
ese momento, fue testigo de que Alemania estaba siendo invadida y destruida a
tenor del dictado de ciertas élites que manejaban la industria militar de ambos
bandos. James Perloff, en su obra "The Shadows of Power", argumenta
que la Segunda Guerra Mundial no fue un conflicto sometido a la explicación
convencional histórica, sino una maniobra del Council on Foreign Relations,
CFR, y la gran banca internacional. Por su parte, Guido Giacomo Preparata, en
su libro "Conjuring Hitler", analiza el ascenso de Hitler al poder
gracias a la colaboración de la élite financiera anglosajona. Por último,
Charles Higham en su libro "Trading with the Enemy", documenta como
el Chase Bank, la empresa Ford o la ITT norteamericana hacían suculentos
negocios con los nazis, bajo la agónica carencia de combustible en el ejército
de Rommel.
A
lo largo de la contienda mundial, el Banco de Pagos Internacionales, BPI, con
sede en Basilea y compuesto por bancos centrales de ambos lados, estuvo
presidido por Thomas McKittrick, bajo cuyo mandato los banqueros del Tercer
Reich y los Aliados se sentaron en la misma mesa de negociación en Suiza para
gestionar, entre otros activos, el oro robado por el gobierno
nacionalsocialista. Dicha actividad, garantizaba que, al margen del resultado
de la guerra, el sistema financiero global siguiera funcionando y que, a través
de una red de países neutrales, el material necesario para alimentar la guerra
fluyera entre Alemania y Estados Unidos. Para la élite financiera de la City,
la confrontación entre Alemania y Rusia supuso una operación diseñada bajo el
control y estabilización de los mercados europeos, tras el reseteo posterior a
la fase de destrucción del suelo europeo.