Fue precisamente Ortega y Gasset quien, a expensas de los
muros de la Casa de Oficios desde los que contemplaba los otros, los del
monasterio de El Escorial, escribió Meditaciones del Quijote; "yo soy yo y mi circunstancia, y si no
la salvo a ella no me salvo yo". España, está bajo su propia
circunstancia, o encrucijada, de la cual depende su futuro atado a un hilo que
no supone su atadura y soporte, sino más bien su soga.
La administración de Estados Unidos ha lanzado el efecto
llamada que está provocando la desindustrialización de Europa, al atraer al
conglomerado empresarial alemán y, europeo por extensión, con su Inflation Reduction Act, y los importantes
incentivos fiscales que conlleva. España es un país de servicios,
principalmente orientados al sector turístico y un hub logístico de referente europeo. El traslado empresarial hacia
américa, no sólo supone un duro golpe a la economía nacional sino una auténtica
acción de torpedear su línea de flotación que, unida al precio de oro al que se
paga la energía verde, al exceso de deuda, al abaratamiento de la mano de obra
y a la servidumbre de la oligarquía del tejido banquero y productivo español a
la verdadera élite financiera y empresarial mundial, evocan la inmovilidad de
un gobierno progresista de casi imposible desarraigo electoral, habida cuenta
de la necesidad de crear una estabilidad social pragmática, que sea capaz de
garantizar el libre mercado global en el sur de Europa, a salvo de convertirse
en una colonia asiática. Un gobierno de derechas atraería el descontento, las
protestas callejeras, las jornadas de huelga sindicales y la inestabilidad. Por
el contrario, las élites nacionales saben que sólo un gobierno progresista, por
corrupto que pueda resultar en la práctica, asegura la paz social en un país
cuya inversión principal de capital y legislación se impone desde fuera de
nuestras fronteras, ya sea a instancias de Bruselas o de fondos como BlackRock.
La falta de soberanía monetaria, legislativa, militar y financiera, hacen de
España una sucursal gobernada desde la aquiescencia del Ibex35 y su cuenta de
resultados, al dictado de la agenda financiera global, en detrimento de la
economía real de los españoles, el bien común y el futuro cotidiano de la
nación.
Si la circunstancia
en el sentido orteguiano del término no se supera, el futuro más inmediato se
traducirá en un incremento de la pérdida de poder adquisitivo, en más atadura a
la deuda y en la presencia de un sistema de bienestar en peligro de extinción,
a no ser que aquella se salve revitalizando la estrategia de tratar de recuperar
la soberanía real conteniendo la deuda y poniendo un dique al dominio de los
fondos de inversión, o promoviendo la reindustrialización estratégica gracias a
un impulso de la soberanía energética.
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