“El Escorial es el símbolo máximo de la voluntad de Estado”. De Gaulle.
La calle Floridablanca, en San Lorenzo de El Escorial, encarna
el urbanismo del poder, un eje que enlaza el núcleo urbano con el Monasterio,
convergiendo en su desplazamiento hacia la figura del Rey. Los espacios y las
perspectivas giran entorno hacia la gran mole granítica que representa el
edificio cuadrangular. Es una vista que empequeñece la presencia individual
frente a la representación del Estado. Por esa calle, transitaron los
secretarios y el resto de altos funcionarios reales, marcando, bajo el prisma
de la psicogeografía, un reinado, el de Felipe II, sumido en la vorágine de
papales y documentos, al ser el primer gobierno burocrático, evolucionado bajo
el reinado de Carlos III en las dos Casas de Oficios y en la Casa del Ministerio
de Estado, que albergaba la estancia del Primer Secretario de Estado. Un
funcionariado salido de las aulas de cánones y leyes, semejantes al aula de
Fray Luis de León, donde los estudiantes tenían que enfrentarse a tribunales
como el de Santa Bárbara, una de las capillas de la catedral de Salamanca.
La que es hoy biblioteca pública de Alcalá de Henares, ubicada
en el edificio Cisneros, albergó las Cátedras de Artes y
Gramática de los Colegios Menores, frente al Colegio Mayor de San Ildefonso,
pertenecientes al epicentro de la vida universitaria que, coincidiendo con el
final del reinado de Felipe II, supuso el momento de máximo esplendor y
crecimiento de la Universidad de Alcalá de Henares, de la que formaron parte
Lope de Vega, Quevedo o el propio Nebrija entre una larga e interminable lista
de nombres ilustres.
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