Aunque
hablar de Siria sea sinónimo de referirse a un país de mayoría musulmana -compuesto mayoritariamente por sunníes, una minoría de alauíes y una todavía
más reducida población drusa-, los cristianos sirios constituyen una de las
comunidades más antiguas, vinculadas al origen mismo del cristianismo en
Antioquía. De hecho, todavía existe una zona geográfica en la que se habla el
arameo, la lengua de Jesús de Nazaret. Desde la guerra de Siria, el Estado Islámico
ISIS o Daesh, y el grupo Hayat Tahrir al-Sham (HTS), liderado por Ahmad
al-Sharaa, han llevado a cabo persecuciones y matanzas de estos grupos
religiosos minoritarios, hasta el punto de haber quedado diezmados por el
trauma y la emigración masiva, huyendo de una limpieza etnorreligiosa.
Otra
comunidad asentada en el valle del Nilo, también cristiana, es la de los coptos, descendientes directos de los
egipcios originales que habitaban la región en la época de los faraones. Según
la tradición, su nacimiento se vincula a la iglesia fundada por san Marcos en
Alejandría, alrededor del año 42 d.C. Su lengua puede testimoniarse como el
último eco de los faraones de Egipto. Grupos afines al ISIS están perpetrando
ataques mortales contra iglesias de este grupo religioso en El Cairo o Alejandría,
secuestrando mujeres, forzando matrimonios y realizando conversiones obligadas
al islam.
El
pueblo judío tiene su origen en las poblaciones semíticas de Canaán, hace unos
tres mil años. Después de la diáspora, tras la dominación babilónica y romana,
los judíos se dispersaron por el mundo. Hoy, esta comunidad está integrada por
los mizrajíes (asentados en el Medio Oriente y la parte norte de
África, son los judíos que no salieron de la región, y se establecieron en
países como Irak, Irán o Yemen), los sefardíes (asentados en la península Ibérica,
España y Portugal, expulsados en 1492, y
refugiados en el Imperio otomano, los Balcanes y el Magreb), y, por último, los asquenazíes, oriundos del centro de Europa, que se asentaron en países como
Alemania y Francia durante la Edad Media y luego se expandieron a otros como
Rusia y Polonia.
Aunque
pudiera parecer contradictorio, dados los acontecimientos de plena actualidad
en Medio Oriente, los árabes -incluidos los palestinos de la zona de Gaza,
libaneses, sirios y jordanos- tienen un origen común, los antiguos cananeos de
la Edad del Bronce. De este modo, los pueblos semitas pueden ser definidos como
aquellos pueblos que hablan lenguas de la familia del cananeo, hebreo o arameo
y, cabe señalar, que estas poblaciones han vivido de forma ininterrumpida a
lo largo del tiempo en la misma tierra. Gaza ha recibido, además, el influjo de
la cultura egipcia desde hace tres mil años.
Los
judíos de Teherán, e Irán por extensión, constituyen a su vez una de las comunidades
más antiguas de la humanidad. El rey Nabucodonosor II, tras destruir el Templo
de Jerusalén, se llevó cautivos a los judíos a Babilonia, la región comprendida
entre los actuales Irak e Irán. El rey persa Ciro, tras conquistar Babilonia, les
permitió regresar a su tierra; sin embargo, una parte de la población judía decidió
quedarse, estableciendo comunidades que han perdurado dos mil años hasta hoy.
La facción de asquenazíes -los líderes del sionismo actual y los padres del Estado moderno de Israel-, sumada a la rama judía de los jázaros (compuesta por los judíos que emigraron al oeste de Europa, Hungría o Polonia y se convirtieron en la base de la población asquenazí, según Arthur Koestler, autor de “La decimotercera tribu”), son quienes dominan los gobiernos de Estados Unidos e Israel, así como sus respectivos servicios de inteligencia y la alta finanza internacional. Fruto de los intereses geopolíticos y geoeconómicos en la región, las víctimas mortales del conflicto militar no son otras que el auténtico pueblo judío, los cristianos originales y los árabes o persas de la región, que han convivido en no pocas ocasiones a lo largo de milenios compartiendo el mismo vecindario. El estallido del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, supone por un lado una paradoja, que pone de manifiesto no una contradicción, sino una evidencia, que no es otra que el poder anglosionista y masónico constituye la fuerza que domina el tablero de ajedrez mundial, bajo la práctica del divide et impera, manteniendo el conflicto vivo entre pueblos que comparten una raíz genética, geográfica y cultural propia, en favor de sus propios intereses económicos y la apropiación de los recursos ajenos.