Ya
nadie puede poner en duda, una realidad basada en hechos computables ocurridos
durante el periodo comprendido entre el año 2019 y el momento presente, marcado
por una sucesión de crisis de alcance global y nacional que han supuesto una
transformación radical en términos sociales, económicos o geopolíticos.
2020
trajo consigo un confinamiento global, debido al SARS-CoV-2, cuyo impacto
afectó al ámbito sanitario y social, colapsando los sistemas hospitalarios, y
provocando una alteración sustancial de los hábitos de vida con la implantación
de la digitalización o el teletrabajo y el distanciamiento físico. 2022 fue el
año en que tuvo lugar la invasión rusa de Ucrania, afectando al mercado de la
energía a nivel mundial, la escasez de materias primas y las rutas comerciales.
La crisis de suministros y energía como el gas, el petróleo o la electricidad,
ha encarecido sucesivamente la producción, provocando una escalada de la
inflación que afecta de forma directa a los precios alimentarios, la vivienda y
a otros bienes de primera necesidad. 2022/2023 fueron los años de la irrupción
masiva de la tecnología en la transformación de diferentes sectores, como el
mercado laboral o la creación de contenidos, gracias a la revolución de la IA y
a la masificación del uso de herramientas como ChatGPT, provocando
legislaciones regulatorias en materias de ciberseguridad, el entorno digital o
el dinero electrónico y anticipando la posibilidad de la implantación de
certificados digitales de identificación personal. 2024 fue el año de la DANA
que afectó principalmente a la Comunidad Valenciana, aunque también a
Castilla-La Mancha y Andalucía. Los fenómenos meteorológicos de lluvias
torrenciales dejaron a su paso efectos devastadores para la población civil. 2025
supuso la conceptualización de un gran apagón eléctrico total o blackout
gracias a la crisis energética que vivió España, a consecuencia de la paulatina
evolución hacia las energías renovables, que colapsó los protocolos de
seguridad y cerró el suministro de electricidad a los ciudadanos. 2026 y, más
concretamente, la estación estival ha activado alrededor de 56 incendios
forestales en apenas 48h a finales del mes de julio en la Comunidad Valenciana,
Castilla y León, Castilla-La Mancha, La Rioja, Cataluña y Andalucía, provocando
los mayores incendios jamás registrados en España, como el de Guadalajara,
Madrid o Ávila. 2026 es también el año del conflicto y la escalada de la
tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán, en el principal escenario
geopolítico y de alcance y repercusión internacional que existe en la
actualidad, involucrando de forma directa o indirecta a toda la región
colindante en zonas como el Líbano, Siria, Irak o Yemen, convirtiendo a Oriente
Medio en una amenaza para la paz mundial y las rutas comerciales esenciales
para el suministro energético a través del Estrecho de Ormuz.
Aunque
en apariencia directa no exista de manera formal una cabeza visible y ordenadora
que actúe a modo de planificador global, lo cierto es que todos estos
acontecimientos de difícil interpretación espontánea, generan el núcleo del
proceso de gestación de una indiscutible gobernanza mundial, de la mano de los
sucesos globales destacados al amparo de los 17 Objetivos de Desarrollo
Sostenible de la Agenda 2030 y los marcos de cooperación internacional que
establecen claras hojas de ruta para orientar las políticas públicas y privadas
en materias como el cambio climático y la transición energética o la
sostenibilidad y la agenda social. Es absolutamente incontestable, que todos
los grandes acontecimientos mundiales están acelerando cambios profundos y
provocando transformaciones estructurales como la digitalización masiva, la
reestructuración del mercado laboral, los cambios en el modelo energético o el
cambio de paradigma del modelo financiero, dejando a un lado la implicación de
los parlamentos nacionales como garantes de la soberanía y la participación
directa de la ciudadanía en la toma de decisiones que le puedan afectar.