"Los hemos expulsado porque no
había motivo para fusilarlos y era imposible soportarlos". Trotsky.
La Revolución de 1917, no sólo supuso una guerra civil
interna que condujo a la familia imperial al abismo, sino una limpieza social
sin precedentes. El "Barco de los Filósofos" (Filosofski parojod),
condujo al exilio a la intelectualidad que no comulgaba con el bolchevismo. Las
mentes más brillantes, se libraron así de una muerte segura, dado su prestigio
internacional y, a expensas, del escándalo internacional que hubiera supuesto
su ejecución.
Lenin
escribió a Stalin ordenando la deportación de los intelectuales, bajo la suerte
de la práctica del pragmatismo revolucionario; "los fusilaríamos, pero son demasiado famosos. Los expulsaremos
para que no corrompan al pueblo".
El
filósofo Nikolái Berdiáyev, el sociólogo Pitirim Sorokin, el escritor Vladímir
Nabókov o la poetisa Marina Tsvetáyeva, se vieron obligados a albergar los suburbios
parisinos en el exilio. Los rusos blancos, partidarios del zar, no sólo se
redujeron a los aristócratas y nobles de la corte de los Romanov huidos de las
entrañas de la revolución, sino que se extendieron a intelectuales y militares
del Ejército Blanco. El legado cultural que dejaron enriqueció profundamente a
Francia, a pesar de su condena, en no pocas ocasiones, a vivir bajo el dictado
de una pobreza extrema y a mantener la llama viva de la vida literaria en los
cafés de Montparnasse, como La Coupole o La Closerie des Lilas, en los que se
reunían el futuro Premio Nobel Iván Bunin y el resto de la élite
intelectual, y que constituyeron el núcleo donde se fundaron editoriales y
periódicos como Poslednie Novosti, en el que los escritores publicaban sus
columnas para la comunidad rusa en el exilio. Aunque París fue el epicentro de
la huida, España también recibió rusos blancos, aunque en menor número y con un
perfil muy distinto. Mientras en París se forjó una Rusia cultural, en España
la presencia rusa sirvió como puente literario para la traducción directa de
grandes autores como Chéjov, Gorki o Andréyev. Tras el estallido de la Guerra
Civil en 1936, muchos rusos blancos que vivían exiliados en Francia o Bruselas
vieron en España el escenario perfecto para continuar su lucha contra el
bolchevismo, formando un contingente de voluntarios en
el bando sublevado, e ingresando en las filas de Requetés o en la Legión. La
sierra madrileña en general, y El Escorial en particular, se convirtieron en
parte del refugio de la alta nobleza rusa vinculados a la familia imperial y a
la nobleza georgiana, en búsqueda de la paz que no ofrecía una Europa que, más
tarde, sucumbiría a los estragos y consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.