Es un hecho consumado, que las
consecuencias de la Segunda Guerra Mundial para Europa pueden traducirse y
resumirse en dos conceptos básicos, un continente divido y una Rusia
fortalecida.
Sin embardo, dentro de la URSS, el movimiento
tectónico que sacudió su nacimiento, puede analizarse como una fuerte sacudida
protagonizada por vectores internos que pugnaban por un continuismo de la ruta
original, al servicio de quienes financiaron la caída de los zares, y un
intento de ruptura por parte de los que pretendían hacerse con el control posterior
de la situación. La eliminación de los bolcheviques por Stalin, no fue sino un
proceso quirúrgico para eliminar la competencia y organizar el poder del Estado
en torno a su figura. Tras un viraje de vuelta de izquierda a derecha, Stalin eliminó
a Trotsky sirviéndose del ala moderada, para después borrar del escenario a
Bujarin. En términos de realpolitik y geopolítica de alto nivel, el líder
soviético trató de manejar a su antojo la alta finanza internacional para crear
la URSS.
Según
autores como Antony C. Sutton, existe una clara conexión entre el ascenso de
los regímenes totalitarios de principios del siglo XX, con Wall Street y el Nuevo
Orden Mundial. En su obra, Sutton analiza cómo los banqueros de Nueva York,
Londres y la Reserva Federal financiaron a los bolcheviques, para eliminar a la
Rusia zarista y crear un régimen como subterfugio al que poder extraer todos
sus recursos naturales. Para el profesor británico, el proceso de
industrialización que Stalin llevó a cabo tras la guerra civil, fue fruto de la
transferencia de tecnología, gracias a las transferencias realizadas por los
bancos de occidente, siguiendo el mismo método que había servido a Wall Street
para lograr el ascenso de Hitler al poder. Durante la Gran Depresión de 1929,
Stalin se sirvió de las finanzas para obtener créditos, a cambio de la
cancelación de la deuda rusa mediante el pago de oro y cereales, por lo que
pudo mantener la solvencia frente a los bancos de la City y Wall Street. Los
acuerdos de Bretton Woods, supusieron el arranque del nuevo orden financiero,
con la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. La URSS
rechazó adherirse a los dictados del FMI y creó, en su lugar, el COMECON, un
sistema financiero para el bloque del Este. En un clásico juego geopolítico,
Stalin se sirvió de las finanzas internacionales para levantar su imperio, para
después tratar de cerrarles las puertas. Ese intento de instrumentalizar las
fuerzas económicas que lo habían ayudado en su punto inicial, fue la excusa
necesaria para que esas mismas manos provocaran su inusual y extraña muerte. La
fecha de su defunción está marcada por un simbolismo oculto y de marcado
significado esotérico, por lo que no sería extraño pensar que dicho día no
fuera sino la firma de su autoría. Tras la muerte del dictador y la progresiva relajación
de costumbres dentro de la URSS, llegó la Perestroika como proceso de reforma económica
liberal al servicio de la inversión extranjera, dirigida por Mijaíl Gorbachov en
la década de 1980, que provocó el colapso de la URSS en 1991. La caída del Muro
de Berlín en 1989, supuso el fin de los regímenes comunistas de los países del
Este, como Polonia, Hungría o Alemania Oriental. Tras dicho proceso, tuvo lugar
el golpe de Estado de agosto de 1991, protagonizado por parte del sector
inmovilista del Partido Comunista, que se oponían a cualquier tipo de reforma.
El golpe fracasó, y permitió a Boris Yeltsin conducir a la Unión Soviética a su
disolución en diciembre de ese mismo año, trayendo consigo las privatizaciones
masivas, la entrega de recursos como el gas y el petróleo provocando el nacimiento
de los oligarcas y el sometimiento de Rusia a las directrices del FMI, que
conllevaron una hiperinflación que aniquiló los ahorros del pueblo ruso.
George
H.W. Bush, en un discurso pronunciado en el Congreso, el 11 de septiembre de
1991, anunció al mundo el advenimiento del "Nuevo Orden Mundial", el
final de la Guerra Fría y el reemplazo del rol de gendarme de los Estados
Unidos por una cooperación internacional basada en el trabajo conjunto para
enfrentar agresiones externas. Era el triunfo de la consagración del modelo
liberal entendido como el destino inevitable de todas las naciones o, en
términos de Francis Fukuyama, "El fin de la historia". En Europa, por
su parte, Jacques Delors y Valéry Giscard d'Estaing se convirtieron en los
arquitectos de la construcción de la Unión Europea, centrada en la estabilidad
monetaria y la apertura hacia una política económica global.
Sin
embargo, la preocupación que domina hoy en los pasillos de Bruselas es la pinza
geopolítica bajo la que ha quedado atrapada Europa, frente al desafío de la energía
como arma de Putin y la política de Trump basada en sus medidas aislacionistas
mercantilistas y arancelarias, consistentes en poner fin al paraguas de
seguridad de la OTAN y en exigir que Europa pague por su propia defensa. Una
Europa sin identidad, sometida a los dictados de una guerra híbrida, es la viva
imagen del fin del sueño que Giscard d'Estaing ayudó a construir. Al igual que la
instrumentalización de la Segunda Guerra Mundial por parte de la alta finanza
internacional para crear un nuevo orden económico tras su fin, hoy Putin y
Trump están siendo utilizados por las mismas fuerzas de Davos para forzar la
reestructuración profunda de Europa. Frente a tal iniciativa y, ante el fracaso
del sueño federalista de Delors, la autonomía de la Europa de las patrias
propuesta por De Gaulle se abre paso como única voz para lograr una autonomía
estratégica que pudiera evitar la total fragmentación del tablero de juego
europeo. El "Nuevo Orden Mundial" anunciado en 1991 como una era de
cooperación, ha desembocado en un escenario en el que las reglas
internacionales se han roto en aras del nacionalismo y el proteccionismo, al
servicio todos ellos de una agenda única como telón de fondo.