“Sigue el dinero”. Todos los hombres del presidente. Alan J. Pakula.
En
toda crisis, ya se trate del 11M, la crisis subprime de 2008, la pandemia del COVID,
el estallido del conflicto armado en Ucrania, entre Israel y Gaza o entre aquel
e Irán, existe siempre un pre-evento en la City o Wall Street bajo los
prismáticos de movimientos masivos de fondos que operan bajo sus jurisdicciones
o mediante derivados complejos que permiten que ciertos actores hagan el
negocio con los acontecimientos que, después de la apuesta financiera, encuentran
su posterior desarrollo y materialización. Tal circunstancia, invita a pensar
que la información circula como una mercancía más por el entramado de ciertos
despachos, y que se mueve de forma recurrente sobre la base de un inminente ataque,
la ruptura de una tregua o la escalada de la tensión en una determinada parte
del mundo. Tras el desarrollo del evento en cuestión, llega la segunda parte
del acto, el negocio estratégico o la gestión de la volatilidad, fase en la que
tiene lugar el ajuste de los precios del petróleo en Londres o Ginebra, se
invierte en reconstrucción o en activos de deuda. El crédito aquí, vuelve a recorrer
los mismos despachos y circuitos, enriqueciendo, curiosamente, a los mismos
actores. Tras este momento, surge el escenario definitivo, la gestión del
postconflicto, en el que los precios de los hidrocarburos ya no regresan a su
posición original y los recursos caen en manos de los grandes fondos que
gestionan el capitalismo del desastre o la geopolítica del caos. La guerra,
como justificante del gasto, constituye el motor perfecto para la transferencia
de capital hacia la industria de defensa o empresas tecnológicas, que maximizan
su beneficio en el punto de inflexión más alto de cualquier reinicio,
constituyendo un negocio para el capital financiero controlado por las familias
dinásticas, que diversifican globalmente sus inversiones para que, al margen de
quien gane la guerra, garanticen el ejercicio del control social sobre los
gobiernos y el dinero termine en las cuentas de resultados del complejo
industrial-militar que dirigen o los contratos de reconstrucción que firman.
Sólo
podría paliarse la situación, mediante el posicionamiento del ajuste estratégico
contra un posible corralito digital y el drenaje de liquidez, a través del
logro de la inmunidad frente a las CBDC, la inversión en tierra cultivable como
caja fuerte física a modo de activo refugio, el control de los recursos del
agua, entendida ya como divisa de oro, la eliminación de los impuestos a la
huella de carbono, la acumulación de metales estratégicos fuera de los mercados
de futuros, en forma de reservas de oro, con los que poder hacer frente a una eventual
ruptura de la cadena de suministros global o un conflicto que pueda provocar la
devaluación del papel moneda.