viernes, 13 de marzo de 2026

La España bolchevique


            La táctica principal de Lenin, descrita en las Tesis de Abril, no era otra que lograr la sustitución del sistema, en lugar de su reforma. Es decir, ocupar el Estado a través de las instituciones, los medios de comunicación o la educación. Para ello, era conveniente, antes que nada, polarizar la sociedad, para introducir más tarde el concepto de la lucha de clases, hoy adaptada a la sociedad de consumo, mediante un discurso elaborado frente a un enemigo imaginario, la ultraderecha, habida cuenta del rigor de su inexistencia como fuerza política con opciones reales de gobernar. El eje PSOE y sus socios de coalición, persigue la estalinización institucional, para ocupar y someter las estructuras de control del Estado. Previamente, ha sido necesario realizar una purga interna del partido, al igual que hizo Stalin con la vieja guardia revolucionaria, neutralizando a los constitucionalistas del 78 y, sustituyendo su vacío, por los de clara orientación globalista. Todo lo que no esté hoy alineado con el globalismo, se deslegitima bajo la hidalguía de lo antidemócrata, aunque la categoría agendística que atesora la dirección estratégica del Gobierno, asuma en su seno a las minorías que buscan la ruptura de España. La dictadura del proletariado, ha sido sustituida por el multiculturalismo, el control de la identidad mediante el algoritmo y por una masa clientelar sustitutiva de la sociedad civil, dependiente de la colectivización del sustento. En la España bolchevique de la agitación y la propaganda, el feminismo o el ecologismo radical no son sino entidades subvencionadas con dinero público, que actúan como nuevos comisarios políticos, vigilantes del pensamiento único aplicado a la erosión de la libertad individual, como elemento de control social. Para cerrar el círculo de la ingeniería social, la inmigración masiva y descontrolada que está aumentando los niveles de delincuencia y abaratando los precios de la mano de obra que beneficia a los grandes empresarios, no es un fenómeno humanitario, sino una herramienta de sustitución y consolidación del poder, a través de la nacionalización del voto y reserva del dumping laboral. Los salarios a la baja, destruyen el poder de negociación de la clase trabajadora, abocándola a la precariedad y haciéndola dependiente de los subsidios estatales. Todo ello, para que el delegado de la agenda globalista en el Gobierno, actúe como el ejecutor de las políticas emanadas de organimos supranacionales, como Davos o la Comisión Europea, en una geopolítica de sumisión en política exterior, y un soberanismo de colectivización y control estatal en política interior. Bajo el paraguas de la OTAN, esta estrategia resulta ajena a los intereses nacionales y servil a los dictados del dominio anglosionista y la alta finanza internacional; un oxímoron irrefutable donde la izquierda, supuesta defensora de la justicia social y la lucha contra el poder capitalista, abandera ahora su lucha ideológica.