domingo, 12 de abril de 2026

República

 

El gran trauma que define la historia contemporánea de España, arraigado tras la invasión napoleónica de 1808, no fue sino la división ideológica que partió definitivamente la convivencia a partir de entonces. Ese choque divisionario entre dos cosmovisiones diametralmente opuestas e irreconciliables, al más puro estilo orteguiano, puede catalogarse como la materialización de la idea de la desvertebración de España. La tradición, “Dios, Patria y Rey”, sostenida sobre la identidad del viejo orden unido al catolicismo y la monarquía, se posicionaron frente al liberalismo desintegrador de la esencia nacional y edificador de un nuevo concepto de país forjado a la luz de las Cortes de Cádiz. El clero, el campesinado y parte de la nobleza quedaron enemistados frente a las clases urbanas, parte del ejército y la burguesía intelectual. Surgieron así las dos Españas, que no han dejado de teñir el pasado más reciente con la sangre de los enfrentamientos que han ido sucediéndose, a intervalos de mediada paz o polarización más o menos exacerbada. Para el filósofo, las facciones en su afán por alimentar el enfrentamiento, no han hecho sino esforzarse en saciar sus propios intereses, antes que sostener la idea de nación como un todo, a lo que habría que añadir la ausencia de una minoría selecta capaz de guiar a la masa hacia una modernidad no ausente en el respeto de la historia española y su unidad como nación. Como analizaría Ortega en su obra “España invertebrada”, ese fue el momento de la pérdida de un proyecto común.

José Ortega y Gasset fue uno de los padres del proyecto republicano de 1931, que terminó con la monarquía de Alfonso XIII que, a su vez, había apoyado la dictadura de Primo de Rivera. Junto a Gregorio Marañón, Miguel de Unamuno y Pérez de Ayala publicó un manifiesto con el que hacía un llamamiento a la intelectualidad y a la clase media para derrocar al rey con la finalidad de traer una República como proyecto nacional. Con el inicio de la andadura republicana se dio paso a la violencia, la quema de conventos, la radicalización de la izquierda, el auge del secesionismo y los desórdenes públicos que caracterizaron al nuevo orden de gobierno, por lo que pronto Ortega enunció su famosa frase, "¡No es esto, no es esto!".

El sueño de convertir a España en una nación de instituciones sólidas, que podría identificarse en la actualidad con el modelo de la república gaullista o el parlamentarismo británico, ha constituido el ímpetu que ha impulsado el sueño ilustrado de un liberalismo incapaz de lidiar con el espectro más radical de la progresía o el polo opuesto anclado en la tradición. Para eludir los muros internos, Europa ha aparecido siempre como una unidad de destino y como una idea de cultura a la que abrazarse para aminorar el temporal, sin embargo, el discípulo de Ortega, Julián Marías, criticó muy al final, a pesar de ser un europeísta convencido, como la Unión Europea surgida tras la última contienda mundial no se había asentado como la idea de un proyecto de vida, sino como una unión meramente económica. La máxima "España es el problema, Europa la solución", ha desembocado en un silogismo resolutorio fallido, al menos desde el enfoque como crítica al resultado actual, no al ideal original de los “Estados Unidos de Europa”. El Viejo Continente hoy, se ha convertido en el baluarte de la desintegración de las identidades nacionales y todo aquello que el pensamiento orteguiano, continuado por Marías, representaba; los valores compartidos, la cristiandad, la tradición de la filosofía griega y el pensamiento jurídico romano y, por encima de todo, la libertad individual. Lejos de cualquier elevado ideal, la Europa de los mercaderes ha traído la hiper-regulación, el déficit democrático, la inmigración masiva, la descristianización, la desintegración civilizatoria tras la raigambre del pensamiento único y una invertebración todavía mayor con el auge de los nacionalismos.

 

 

sábado, 4 de abril de 2026

Cicerón

 

 "Estamos sujetos a las leyes para que podamos ser libres”. Cicerón.

 

            La tiranía del positivismo impera. Figuras como Hans Kelsen, adelantaron que el Derecho no es sino un sistema de normas creadas bajo el amparo de la separación entre la ley y su nexo moral, así, lo que es legal es lo justo, siempre que se haya creado por el cauce legislativo oportuno y bajo el procedimiento correcto, al margen de cualquier otra valoración, ya sea ética o religiosa. La “ley es la ley”, aporta, por tanto, seguridad jurídica, aunque ésta no sea sino la manifestación de la dictadura del positivismo jurídico y la relatividad filosófica. "El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado”, sentenciaba Rousseau, bajo el fragor de la Revolución Francesa, en su intento por socavar los cimientos del absolutismo para reemplazarlo por la voluntad de la razón. Nacía así, bajo el impulso de los filósofos de la Ilustración “El espíritu de las leyes” de Montesquieu, como teoría de la división de poderes, “El contrato social” de Rousseau que legitima el origen del poder en el pueblo, o la defensa de las libertades civiles de Voltaire. Todo ello, bajo la atenta mirada de Diderot y el enciclopedismo, que trataba de democratizar el conocimiento y terminar con la ignorancia y la superstición. La Ciencia Política en general y el Derecho en particular, arrancan de los principios revolucionarios, como si antes no hubiera existido nada y, por generación espontánea, la humanidad hubiera despertado del laxo sueño del letargo tras guillotinar a Luis XVI.

            Marco Tulio Cicerón, uno de los más grandes oradores de la República Romana, introdujo la filosofía griega en la praxis de la oratoria y las leyes de Roma. Sus obras “De Re Publica” y “De Legibus”, “La República” y “Las leyes”, constituyen la esencia de la civilización occidental y la génesis de su ciencia política y las bases del constitucionalismo moderno. En “La República”, reflexiona sobre cuál debería ser el Estado ideal, definiéndolo como res publica, o cosa del pueblo, entendiendo a éste como un acuerdo común entre derecho y comunidad, sentando los pilares fundacionales del contrato social de la teoría postrera de Rousseau. Para Cicerón, todas las formas de gobierno, monarquía, aristocracia y democracia eran de naturaleza corruptible, por lo que debía llegarse a una constitución mixta de todas ellas para lograr un equilibrio de poder, basado en la defensa de la libertad, la igualdad y la limitación del poder. El gobierno mixto así entendido, estaría constituido por una combinación de elementos monárquicos en el Consulado, aristócratas en el Senado y populares en los Comicios y Tribunos. La ley no sería la decisión consensuada del pueblo reunido en una asamblea o la voluntad expresada por un tirano, sino la recta razón armoniada con la ley natural que, al ser de origen divino, relacionaría el vínculo directo existente entre Dios y el hombre, como expresión de su carácter inmutable, siendo justa si tiene una base moral y es acorde con la virtud. Sería más tarde Kant, quien matizaría la introspección de esa ley moral como Imperativo Categórico, "Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal". En el libro final de su obra, Cicerón concluye con el Sueño de Escipión, en el que aborda la recompensa que espera a los hombres de Estado, una vez dedicada su vida a proteger y engrandecer a la República, considerando que el servicio público es la más alta virtud y el lugar de honor que el destino guarda a quienes atienden el equilibrio de la justicia. 

miércoles, 1 de abril de 2026

Eugenesia

 

         Aunque hablar de eugenesia pueda parecer un término asociado principalmente a las practicas llevadas a cabo bajo el régimen de la Alemania nacionalsocialista, lo cierto es que tal concepto hunde sus raíces profundas en el pensamiento social y la biología decimonónica, de la mano de un familiar directo de Charles Darwin, el británico Francis Galton, a quien se atribuye su origen formal, precisamente bajo la inspiración e influencia de la obra “El origen de las especies”. La idea consiste, según Galton, en que, si los animales llevan a cabo una cría selectiva, la humanidad podría mejorar a los individuos de igual forma a través de la práctica eugenésica. El darwinismo social considera, así, a una clase social, la de los inadaptados, prescindible, debido a condicionantes como la pobreza, la criminalidad, las taras genéticas o los factores socioeconómicos. Si a todo este despropósito, sumamos la teoría malthusiana, acreditada en la obra del clérigo y economista Thomas Robert Malthus, formulada a finales del siglo XVIII, cuyo pilar se sostiene sobre la discrepancia habida entre el crecimiento exponencial de la población frente al crecimiento aritmético o lineal de los recursos para alimentarla, logramos llegar a un coctel letal por necesidad. Según Malthus, si no se controla el crecimiento poblacional, los recursos alimentarios crecerían a un nivel menor, por lo que habría que corregir el desequilibrio mediante frenos voluntarios, como el control de la natalidad o el aumento de la tasa de mortalidad mediante epidemias, guerras, crisis económicas o desastres naturales. La trampa malthusiana, describe la situación en la que cualquier desarrollo tecnológico aumentaría la producción de alimentos y, por ello, la población, entrando en un círculo vicioso de subsistencia.

Todas estas teorías, dejaron de serlo en el momento en el que se convirtieron en políticas públicas basadas en esterilizaciones forzadas, higiene racial o la política del hijo único durante el siglo XX y, ya entrados en el XXI, en políticas de ideología de género o legalización de matrimonios igualitarios, prácticas abortivas y, más recientemente, la eugenesia eutanásica. El neomaltusianismo actual es, además, de corte ambiental, basado en la escasez de recursos como la energía, las tierras raras o el agua potable, el cambio climático, el exceso de población, la economía basada en el consumo desenfrenado o la degradación medionambiental.