El gran trauma que define la historia
contemporánea de España, arraigado tras la invasión napoleónica de 1808, no fue
sino la división ideológica que partió definitivamente la convivencia a partir
de entonces. Ese choque divisionario entre dos cosmovisiones diametralmente
opuestas e irreconciliables, al más puro estilo orteguiano, puede catalogarse
como la materialización de la idea de la desvertebración de España. La
tradición, “Dios, Patria y Rey”, sostenida sobre la identidad del viejo orden
unido al catolicismo y la monarquía, se posicionaron frente al liberalismo desintegrador
de la esencia nacional y edificador de un nuevo concepto de país forjado a la
luz de las Cortes de Cádiz. El clero, el campesinado y parte de la nobleza
quedaron enemistados frente a las clases urbanas, parte del ejército y la
burguesía intelectual. Surgieron así las dos Españas, que no han dejado de
teñir el pasado más reciente con la sangre de los enfrentamientos que han ido
sucediéndose, a intervalos de mediada paz o polarización más o menos exacerbada.
Para el filósofo, las facciones en su afán por alimentar el enfrentamiento, no
han hecho sino esforzarse en saciar sus propios intereses, antes que sostener
la idea de nación como un todo, a lo que habría que añadir la ausencia de una
minoría selecta capaz de guiar a la masa hacia una modernidad no ausente en el
respeto de la historia española y su unidad como nación. Como analizaría Ortega
en su obra “España invertebrada”, ese fue el momento de la pérdida de un
proyecto común.
José
Ortega y Gasset fue uno de los padres del proyecto republicano de 1931, que
terminó con la monarquía de Alfonso XIII que, a su vez, había apoyado la
dictadura de Primo de Rivera. Junto a Gregorio Marañón, Miguel de Unamuno y
Pérez de Ayala publicó un manifiesto con el que hacía un llamamiento a la intelectualidad
y a la clase media para derrocar al rey con la finalidad de traer una República
como proyecto nacional. Con el inicio de la andadura republicana se dio paso a
la violencia, la quema de conventos, la radicalización de la izquierda, el auge
del secesionismo y los desórdenes públicos que caracterizaron al nuevo orden de
gobierno, por lo que pronto Ortega enunció su famosa frase, "¡No es esto,
no es esto!".
El
sueño de convertir a España en una nación de instituciones sólidas, que podría
identificarse en la actualidad con el modelo de la república gaullista o el
parlamentarismo británico, ha constituido el ímpetu que ha impulsado el sueño
ilustrado de un liberalismo incapaz de lidiar con el espectro más radical de la
progresía o el polo opuesto anclado en la tradición. Para eludir los muros
internos, Europa ha aparecido siempre como una unidad de destino y como una
idea de cultura a la que abrazarse para aminorar el temporal, sin embargo, el
discípulo de Ortega, Julián Marías, criticó muy al final, a pesar de ser un
europeísta convencido, como la Unión Europea surgida tras la última contienda
mundial no se había asentado como la idea de un proyecto de vida, sino como una
unión meramente económica. La máxima "España es el problema, Europa la
solución", ha desembocado en un silogismo resolutorio fallido, al menos desde
el enfoque como crítica al resultado actual, no al ideal original de los “Estados
Unidos de Europa”. El Viejo Continente hoy, se ha convertido en el baluarte de
la desintegración de las identidades nacionales y todo aquello que el
pensamiento orteguiano, continuado por Marías, representaba; los valores
compartidos, la cristiandad, la tradición de la filosofía griega y el
pensamiento jurídico romano y, por encima de todo, la libertad individual. Lejos
de cualquier elevado ideal, la Europa de los mercaderes ha traído la hiper-regulación,
el déficit democrático, la inmigración masiva, la descristianización, la desintegración
civilizatoria tras la raigambre del pensamiento único y una invertebración
todavía mayor con el auge de los nacionalismos.