sábado, 4 de abril de 2026

Cicerón

 

 "Estamos sujetos a las leyes para que podamos ser libres”. Cicerón.

 

            La tiranía del positivismo impera. Figuras como Hans Kelsen, adelantaron que el Derecho no es sino un sistema de normas creadas bajo el amparo de la separación entre la ley y su nexo moral, así, lo que es legal es lo justo, siempre que se haya creado por el cauce legislativo oportuno y bajo el procedimiento correcto, al margen de cualquier otra valoración, ya sea ética o religiosa. La “ley es la ley”, aporta, por tanto, seguridad jurídica, aunque ésta no sea sino la manifestación de la dictadura del positivismo jurídico y la relatividad filosófica. "El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado”, sentenciaba Rousseau, bajo el fragor de la Revolución Francesa, en su intento por socavar los cimientos del absolutismo para reemplazarlo por la voluntad de la razón. Nacía así, bajo el impulso de los filósofos de la Ilustración “El espíritu de las leyes” de Montesquieu, como teoría de la división de poderes, “El contrato social” de Rousseau que legitima el origen del poder en el pueblo, o la defensa de las libertades civiles de Voltaire. Todo ello, bajo la atenta mirada de Diderot y el enciclopedismo, que trataba de democratizar el conocimiento y terminar con la ignorancia y la superstición. La Ciencia Política en general y el Derecho en particular, arrancan de los principios revolucionarios, como si antes no hubiera existido nada y, por generación espontánea, la humanidad hubiera despertado del laxo sueño del letargo tras guillotinar a Luis XVI.

            Marco Tulio Cicerón, uno de los más grandes oradores de la República Romana, introdujo la filosofía griega en la praxis de la oratoria y las leyes de Roma. Sus obras “De Re Publica” y “De Legibus”, “La República” y “Las leyes”, constituyen la esencia de la civilización occidental y la génesis de su ciencia política y las bases del constitucionalismo moderno. En “La República”, reflexiona sobre cuál debería ser el Estado ideal, definiéndolo como res publica, o cosa del pueblo, entendiendo a éste como un acuerdo común entre derecho y comunidad, sentando los pilares fundacionales del contrato social de la teoría postrera de Rousseau. Para Cicerón, todas las formas de gobierno, monarquía, aristocracia y democracia eran de naturaleza corruptible, por lo que debía llegarse a una constitución mixta de todas ellas para lograr un equilibrio de poder, basado en la defensa de la libertad, la igualdad y la limitación del poder. El gobierno mixto así entendido, estaría constituido por una combinación de elementos monárquicos en el Consulado, aristócratas en el Senado y populares en los Comicios y Tribunos. La ley no sería la decisión consensuada del pueblo reunido en una asamblea o la voluntad expresada por un tirano, sino la recta razón armoniada con la ley natural que, al ser de origen divino, relacionaría el vínculo directo existente entre Dios y el hombre, como expresión de su carácter inmutable, siendo justa si tiene una base moral y es acorde con la virtud. Sería más tarde Kant, quien matizaría la introspección de esa ley moral como Imperativo Categórico, "Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal". En el libro final de su obra, Cicerón concluye con el Sueño de Escipión, en el que aborda la recompensa que espera a los hombres de Estado, una vez dedicada su vida a proteger y engrandecer a la República, considerando que el servicio público es la más alta virtud y el lugar de honor que el destino guarda a quienes atienden el equilibrio de la justicia.