"Estamos sujetos a las leyes
para que podamos ser libres”. Cicerón.
La tiranía del positivismo impera. Figuras como Hans
Kelsen, adelantaron que el Derecho no es sino un sistema de normas creadas bajo
el amparo de la separación entre la ley y su nexo moral, así, lo que es legal
es lo justo, siempre que se haya creado por el cauce legislativo oportuno y
bajo el procedimiento correcto, al margen de cualquier otra valoración, ya sea
ética o religiosa. La “ley es la ley”, aporta, por tanto, seguridad jurídica,
aunque ésta no sea sino la manifestación de la dictadura del positivismo
jurídico y la relatividad filosófica. "El hombre nace libre, pero en todas
partes está encadenado”, sentenciaba Rousseau, bajo el fragor de la Revolución
Francesa, en su intento por socavar los cimientos del absolutismo para
reemplazarlo por la voluntad de la razón. Nacía así, bajo el impulso de los
filósofos de la Ilustración “El espíritu de las leyes” de Montesquieu, como teoría
de la división de poderes, “El contrato social” de Rousseau que legitima el
origen del poder en el pueblo, o la defensa de las libertades civiles de
Voltaire. Todo ello, bajo la atenta mirada de Diderot y el enciclopedismo, que
trataba de democratizar el conocimiento y terminar con la ignorancia y la
superstición. La Ciencia Política en general y el Derecho en particular,
arrancan de los principios revolucionarios, como si antes no hubiera existido
nada y, por generación espontánea, la humanidad hubiera despertado del laxo
sueño del letargo tras guillotinar a Luis XVI.
Marco Tulio Cicerón, uno de los más grandes oradores
de la República Romana, introdujo la filosofía griega en la praxis de la
oratoria y las leyes de Roma. Sus obras “De Re Publica” y “De Legibus”,
“La República” y “Las leyes”, constituyen la esencia de la civilización
occidental y la génesis de su ciencia política y las bases del
constitucionalismo moderno. En “La República”, reflexiona sobre cuál debería
ser el Estado ideal, definiéndolo como res
publica, o cosa del pueblo, entendiendo a éste como un acuerdo común entre
derecho y comunidad, sentando los pilares fundacionales del contrato social de
la teoría postrera de Rousseau. Para Cicerón, todas las formas de gobierno,
monarquía, aristocracia y democracia eran de naturaleza corruptible, por lo que
debía llegarse a una constitución mixta de todas ellas para lograr un
equilibrio de poder, basado en la defensa de la libertad, la igualdad y la
limitación del poder. El gobierno mixto así entendido, estaría constituido por
una combinación de elementos monárquicos en el Consulado, aristócratas en el
Senado y populares en los Comicios y Tribunos. La ley no sería la decisión consensuada
del pueblo reunido en una asamblea o la voluntad expresada por un tirano, sino
la recta razón armoniada con la ley natural que, al ser de origen divino,
relacionaría el vínculo directo existente entre Dios y el hombre, como expresión
de su carácter inmutable, siendo justa si tiene una base moral y es acorde con
la virtud. Sería más tarde Kant, quien matizaría la introspección de esa ley
moral como Imperativo Categórico, "Obra sólo según una máxima tal que
puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal". En el libro
final de su obra, Cicerón concluye con el Sueño de Escipión, en el que aborda
la recompensa que espera a los hombres de Estado, una vez dedicada su vida a proteger
y engrandecer a la República, considerando que el servicio público es la más
alta virtud y el lugar de honor que el destino guarda a quienes atienden el
equilibrio de la justicia.