Corría
el año 1997 cuando España se erigió en la cuna de uno de los festivales más
internacionales, importantes, creativos y libres del mundo. La tecnología, la
cultura digital, la ciencia y la innovación, se dieron cita al abrigo de un
evento global que atrajo a todo tipo de programadores, desarrolladores de
videojuegos, estudiantes, ingenieros informáticos, emprendedores y grandes
marcas de empresas relacionadas con la robótica, la astronomía, la
biotecnología, el diseño, el arte digital, el software o la programación. La
zona de acampada, ubicada dentro del propio recinto, no se convirtió sino en una
gran acumulación de tiendas de campaña y participantes acomodados a la
intemperie de un evento famoso por ofrecer una conexión de alta velocidad de
internet, no disponible para el usuario de entonces, que permitía realizar
descargas, programar o intercambiar partidas sin interrupciones.
De
ser la referencia de la vanguardia en tecnología y de proyectar al mundo entero
un espíritu de libertad ofrecida por medio de la imagen de una reunión informal
de geeks, bajo la organización de un evento de gran relevancia y proyección
internacional, el panorama político español hizo que a partir del año 2011 todo
aquello se esfumase al amparo de los recortes presupuestarios, para dar paso y
conectar con la crisis económica global, el desgaste institucional y el auge de los nuevos movimientos sociales,
llámese Movimiento 15M y los indignados, la irrupción de Podemos o la llegada
de los gobiernos de coalición, a lo que más tarde habría que añadir el tinte de
la corrupción y el descrédito
generalizado.
Si
bien durante el siglo XIX no existieron gobiernos de coalición en el sentido
moderno del término, los partidos creados para aglutinar sectores o la directa
firma de pactos para unir distintas facciones, desembocaron en alianzas inestables
que provocaron crisis institucionales. De los albores del futuro del Campus
Party, hemos retrocedido en apenas unos años al ámbito de lo abyectamente decimonónico,
recuperando las ideologías de entonces, la polarización y la desigualdad social,
los pucherazos, la emergencia de los nacionalismos periféricos, la crisis
económica o la corrupción como motor mismo del sistema.