Felipe II, eliminando y sustituyendo en su labor la vieja
aristocracia de sangre por una burocracia de funcionarios a su servicio y
erigiendo en el ejercicio de su voluntad un centro de poder desde el que gobernar
el mundo conocido, El Escorial, fue el gran edificador de
un Estado. Desde su esforzado aislamiento, trabajó sin descanso como un hombre
de estado en el mejor gobierno de sus dominios imperiales, extendidos a lo
largo y ancho de los diferentes continentes.
Sin
ningún género de lugar a dudas, el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial es
una obra maestra, que se levanta a modo de templo de la sabiduría, sin esconder
en modo alguno su carácter hermético, alquímico y de arquitectura edificada
bajo los dictados de la geometría sagrada. El diseño de Juan de Herrena a modo
de Templo de Salomón, guarda en su biblioteca mensajes claramente simbólicos u
ocultos, pintados por Pellegrino Tibaldi a modo de mapa del conocimiento, donde
se representan las artes liberales y donde se albergan libros prohibidos. Fue
Felipe II un rey iniciado, o edificó el Escorial como centro de poder y de
resistencia esotérica, frente a los antiguos linajes y elementos nobles que
empezaban a dominar Roma y las finanzas de la época, y a tejer el entramado que
ahora domina el mundo y que ahogó financieramente hablando, ya en su época, al
propio Felipe II. Visto de ese modo, El Escorial podría ser visto como un
elemento de una guerra simbólica frente a las élites invisibles que operaban en
las cortes europeas, y frente a las cuales creó la burocracia interna y la
Inquisición como herramienta de control frente a ese otro poder.
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