No estamos asistiendo a un aumento descontrolado de la
inestabilidad del tablero internacional, sino ante una demolición controlada
del viejo orden. El diseño del nuevo mundo, requiere de una previa destrucción
económica, acompañada de una fragmentación y polarización social extrema. El
fin último de la guerra no sólo consiste en articular un sostenimiento de la
estructura social, sino en reducir el número de la población mundial, y en
permitir el control sobre la soberanía de los recursos energéticos, los
minerales estratégicos o el suministro alimenticio. Por otra parte, el sistema
conduce de forma inequívoca a un feudalismo tecnocrático. La renta básica
universal, la identidad digital y la tokenización de la vida privada suponen el
fin del papel que ejercía el Estado, para dar paso a una nueva gobernanza
tecnológica de corte global. El conflicto de guerra total que se cierne sobre
el futuro más inmediato, hay que entenderlo como un proceso industrial, cuyo
propósito final no es otro que hacer que dos bloques choquen entre sí, uno
occidental y otro oriental. Desde la lógica de la dialéctica del conflicto, los
líderes mundiales ahora en aparente disputa, son la síntesis del Gran Reseteo,
cuyo propósito último no es buscar la paz sino la reestructuración del dominio
mundial, de modo que Trump no está luchando contra el Deep State o Putin contra
el globalismo, sino que ambos son la ruta establecida para llegar a un Gobierno
Mundial. Los dos, están implementando una infraestructura de control, dividido
en bloques regionales, uno euroasiático de influencia rusa y otro panamericano
de dominio norteamericano, como antesala de un gobierno único, y bajo el dogma
de una competencia gestionada, en el que una élite provee de material militar,
tecnología y créditos a ambos bandos. Estamos asistiendo a un enfrentamiento
controlado, donde se está imponiendo la eliminación de la deuda del viejo
mundo, la desaparición de la clase media o la aniquilación de la familia como
último reducto de independencia moral o económica. Trump no es ningún verso
suelto, como tampoco lo es Putin, sino que ambos están fragmentando el mundo e
implantando el control digital mediante la identidad digital vinculada al nuevo
dinero basado en las CBDC. El nuevo orden mundial es un sistema contable, una
infraestructura que mueve la realidad económica al servicio de una élite. Es la
farsa de la confrontación, como mecanismo para desarrollar la agenda impuesta
desde arriba. No existe una mano negra que controla el mundo, sino una hoja de
ruta financiera basada en la quiebra del sistema de deuda y la implantación de
un modelo de consumo programable, donde la conducta esté controlada bajo una
ruta manejada por la biopolítica y la geopolítca sumida en un caos gestionado
y, todo ello, en el contexto de un choque existencial entre dos facciones en
conflicto, el globalismo y el soberanismo, confrontados bajo un denominador
común, como es el factor espiritual o la lucha última por controlar el alma del
mundo.
lunes, 19 de enero de 2026
Tensión
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