Uno de los interrogantes fundamentales que debería ser
resuelto por el estudio de la sociología y la ciencia política, es tratar de responder
a la razón que motiva que la sociedad acepte la sumisión incondicional frente a
las estructuras de poder que le son dadas, a pesar de que no miren por su
interés e, incluso, se prodiguen en su contra. Qué mecanismos psicológicos,
económicos o estructurales mueven a defender un sistema que no beneficia de
forma directa a la población en su conjunto, es la cuestión de fondo que
debería motivar cualquier tipo de análisis.
Se alude a la necesidad de aferrarse a un orden, por
injusto que sea, frente a un escenario de incertidumbre, fruto de la aversión
al riesgo. A pesar de sus luchas internas, la élite funciona como un grupo
cohesionado en defensa de sus propios intereses. Los oligarcas y la plutocracia,
son los dueños de los bancos que proporcionan dinero, quienes controlan los
flujos de información o gestionan las redes de suministro y los que generan
empleo, por precario que este sea. En términos de Gramsci, las élites gobiernan
no por la fuerza, sino por el consentimiento. La gente, en este punto, prefiere
el asidero de una ideología, unos ingresos, por exiguos que sean, y un ocio con
el que poder evadirse de la rutina, antes que afrontar cambios reales que
puedan desembocar en un callejón sin salida. Por esa razón, el sistema se sirve
de la predicación de sus valores y se asienta en el propósito de la
aspiracionalidad, dejando que algunos de los subordinados accedan a ciertas
cotas de poder, sin que puedan rivalizar con su dominio.
El arma principal de la élite para gobernar a las masas, no
es otra que la consecución de la división y la fragmentación de la población en
términos de polarización de todo orden, ya sea ideológica, por razones de
género o educación, provocada por la brecha tecnológica o por un simple nivel
de pertenencia a un determinado grupo o clase social. La sociedad en su
inacción, al no disponer de un modelo sólido que sirva de alternativa al statu
quo, se somete por entero a las estructuras de poder, quedando relegada y
aferrada a la trampa de un sistema injusto que la oprime bajo la ilusión de
derechos y libertades, como único espejismo de garantía y seguridad.
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