La
filosofía moral griega puede definirse como la ética de las virtudes, o areté,
es decir, la búsqueda de la excelencia. La ética tiene como fin o télos, el
bien o agathós, para llegar a ser el aristos, el mejor en virtud. Para
Aristóteles, el bien es aquello perseguido por todas las cosas, “el fin último del hombre no puede ser otro
que la política entendida como aquella actividad que no sólo incluye los fines
de todas las ciencias, sino el bien de la ciudad, que es el mismo o que el de
todos los individuos”. El bien, además, anhelado por el ser humano no es
otro que la felicidad. La felicidad para Aristóteles no reside en el
individualismo sino en el conjunto de la comunidad. La vida virtuosa no será
sino el empleo de la capacidad de la razón que anida en el alma para establecer
las leyes de la conducta. En la justicia, afirmaba, están comprendidas todas
las virtudes, distinguiendo entre una justicia legal, contenida en las leyes,
de una justicia natural, no sujeta a condición humana alguna. En definitiva, no
puede haber transición de la ética a la política sin la práctica de la virtud. Los
estoicos, por otra parte, consideraban que existe un universo donde habitan todos
los seres sometidos a una ley natural. El objeto de la filosofía sería conocer
esa ley para cumplirla como inevitable, aceptándola voluntariamente. La muerte
no sería así, sino el regreso al orden natural de las cosas, de ahí la
necesidad de la ataraxia como forma de vida o la aceptación de lo inevitable.
La virtud consiste en la tranquilidad interna, entendida como despreocupación
hacia el infortunio. Las cosas son los hechos separados del sentido
interpretativo que queramos darles. El error reside en la representación que
hacemos de la realidad. Esa pertenencia al mismo universo y el sometimiento a
la ley natural nos hace iguales, pero lo que realmente nos hace libres es el
pensamiento. Ante la adversidad, continuaban los estoicos, hay que adaptarse
con sabiduría. Diógenes, al referirse a los esclavos, considera que la libertad
reside en el alma, y para él la virtud no es otra cosa que la total
independencia respecto a la sociedad, es decir, vivir acorde con la verdadera
naturaleza. La libertad y la autarquía son el objeto de la vida moral. Para
Epicuro, el conocimiento teorético, sólo es útil para conseguir la felicidad,
entendida como ausencia de dolor. Conseguir la independencia de los deseos para
cultivar el pensamiento y la vida espiritual, es saber distinguir que no todos
aquellos son buenos ni que todos los dolores son malos y hay que evitarlos, por lo que habría que vivir en lo oculto, como desprecio de la ambición y el poder mundano.