viernes, 11 de septiembre de 2026

La ética griega

 

La filosofía moral griega puede definirse como la ética de las virtudes, o areté, es decir, la búsqueda de la excelencia. La ética tiene como fin o télos, el bien o agathós, para llegar a ser el aristos, el mejor en virtud. Para Aristóteles, el bien es aquello perseguido por todas las cosas, “el fin último del hombre no puede ser otro que la política entendida como aquella actividad que no sólo incluye los fines de todas las ciencias, sino el bien de la ciudad, que es el mismo o que el de todos los individuos”. El bien, además, anhelado por el ser humano no es otro que la felicidad. La felicidad para Aristóteles no reside en el individualismo sino en el conjunto de la comunidad. La vida virtuosa no será sino el empleo de la capacidad de la razón que anida en el alma para establecer las leyes de la conducta. En la justicia, afirmaba, están comprendidas todas las virtudes, distinguiendo entre una justicia legal, contenida en las leyes, de una justicia natural, no sujeta a condición humana alguna. En definitiva, no puede haber transición de la ética a la política sin la práctica de la virtud. Los estoicos, por otra parte, consideraban que existe un universo donde habitan todos los seres sometidos a una ley natural. El objeto de la filosofía sería conocer esa ley para cumplirla como inevitable, aceptándola voluntariamente. La muerte no sería así, sino el regreso al orden natural de las cosas, de ahí la necesidad de la ataraxia como forma de vida o la aceptación de lo inevitable. La virtud consiste en la tranquilidad interna, entendida como despreocupación hacia el infortunio. Las cosas son los hechos separados del sentido interpretativo que queramos darles. El error reside en la representación que hacemos de la realidad. Esa pertenencia al mismo universo y el sometimiento a la ley natural nos hace iguales, pero lo que realmente nos hace libres es el pensamiento. Ante la adversidad, continuaban los estoicos, hay que adaptarse con sabiduría. Diógenes, al referirse a los esclavos, considera que la libertad reside en el alma, y para él la virtud no es otra cosa que la total independencia respecto a la sociedad, es decir, vivir acorde con la verdadera naturaleza. La libertad y la autarquía son el objeto de la vida moral. Para Epicuro, el conocimiento teorético, sólo es útil para conseguir la felicidad, entendida como ausencia de dolor. Conseguir la independencia de los deseos para cultivar el pensamiento y la vida espiritual, es saber distinguir que no todos aquellos son buenos ni que todos los dolores son malos y hay que evitarlos, por lo que habría que vivir en lo oculto, como desprecio de la ambición y el poder mundano.