Las principales ciudades europeas se encuentran bajo los
efectos de violentas e incendiarias manifestaciones, cuyos reclamos juveniles
caen del lado de la simplificación del análisis mediático que identifica los
factores estructurales y socioeconómicos como las principales causas de reivindicación
política de los protagonistas. La crisis de la vivienda, la mejora de las
condiciones generales de vida y la calidad de la educación son sólo ejemplos de
lo dicho, aunque el telón de fondo no se corresponda con la realidad de los
lemas bajo los cuales se incendian edificios públicos o se destroza con
adoquines o bajo el fuego el mobiliario urbano. Es un hecho cierto e
indiscutible que la inflación ha provocado, junto a la escalada de los precios
de los productos básicos, el encarecimiento de las condiciones generales de
vida, tanto en lo que a alimentos se refiere como del precio del combustible o
de los suministros energéticos, pero no es menos cierto que la trama
estudiantil no da respuesta a un movimiento perfectamente sincronizado,
organizado y financiado por alguien a quien pueda interesar el incendio de las
calles europeas. Los servicios públicos como la sanidad o el transporte
agonizan ante infraestructuras obsoletas y deficientes, la falta de personal y
la corrupción o la mala gestión generalizada. Debido a la aparición de nuevas
generaciones y la brecha que las separa de la realidad política, han surgido
colectivos como Gen Z Regelt que se opone a reintroducir el servicio militar
obligatorio, similar a otros surgidos en otros países que critican el alza de
los presupuestos estatales orientados al incremento del gasto en defensa, la generación
Z opuesta rotundamente a Emmanuel Macron por gobernar de espaldas a las
necesidades del futuro de la juventud o el fenómeno Blocus que llama al desorden
público utilizando la infraestructura digital del sistema a coste cero. ¿A
quién beneficia toda esta situación que asfixia aún más a la ya de por sí deteriorada
realidad del ciudadano medio europeo? Lo cierto es que la imagen de los
violentos disturbios, las barricadas incendiadas, la llamada al pillaje
indiscriminado, la desestabilización, la inseguridad, la fragmentación social,
el descontento juvenil y la crisis económica global hacen que se cree un clima
de tensión que ahuyenta el turismo, la inversión directa y fractura el
escenario político o aumenta la polarización social. Investigaciones
periodísticas señalan a diferentes organizaciones que podrían estar detrás del
apoyo económico a los colectivos civiles involucrados en la generación del caos
generalizado que ha invadido las ciudades.
Joseph Schumpeter inspiró el concepto de destrucción
creativa, según el cual las crisis limpian el mercado de actores económicos
poco influyentes para fortalecer a los poderosos. Para él, el capitalismo
necesita destruir el orden económico establecido para resetearlo e iniciar un
nuevo modelo. Sería, siguiendo esta tesis, el propio sistema el que se
beneficiaría de su propia destrucción, bajo la doctrina del shock y la
reestructuración económica. Naomi Klein elaboró la teoría de La doctrina del
choque, The Shock Doctrine: The Rise of
Disaster Capitalism en el año 2007. Para la periodista canadiense ante una
situación de descontrol y violencia, la sociedad se desorienta y trata de
sobrevivir. Esa situación de parálisis es instrumentalizada por el poder para
desmantelar el estado de bienestar y privatizar los servicios públicos, criminalizar
la disidencia y aumentar el aparato represivo y de control social.
A través de la canalización del descontento, se produce
además un beneficio de corte electoral y una fragmentación de la base social. Diego
Fusaro, sostiene que las democracias modernas carecen de una alternativa real,
al no existir una diferencia entre izquierda o derecha, fenómeno que provoca
que la política pendule entre partidos políticos que aplican el mismo programa
sobre la praxis de la acción de gobierno, una vez alcanzado el poder. Para
Fusaro, los líderes y los medios crean un discurso contrario al establishment
para conducir el descontento y anestesiar la posible reacción de la masa social
descontenta, al mismo tiempo que vacían de contenido los debates para focalizar
la atención en errores de gestión de las políticas públicas, los casos de
corrupción o las disputas entre políticos de tendencias aparentemente opuestas.
Sin embargo, la violencia en las calles no genera un cambio real, ya que actúan
como una válvula de escape y un elemento de disidencia controlada al servicio
de las élites.