domingo, 1 de noviembre de 2026

Europa en llamas

 

            Las principales ciudades europeas se encuentran bajo los efectos de violentas e incendiarias manifestaciones, cuyos reclamos juveniles caen del lado de la simplificación del análisis mediático que identifica los factores estructurales y socioeconómicos como las principales causas de reivindicación política de los protagonistas. La crisis de la vivienda, la mejora de las condiciones generales de vida y la calidad de la educación son sólo ejemplos de lo dicho, aunque el telón de fondo no se corresponda con la realidad de los lemas bajo los cuales se incendian edificios públicos o se destroza con adoquines o bajo el fuego el mobiliario urbano. Es un hecho cierto e indiscutible que la inflación ha provocado, junto a la escalada de los precios de los productos básicos, el encarecimiento de las condiciones generales de vida, tanto en lo que a alimentos se refiere como del precio del combustible o de los suministros energéticos, pero no es menos cierto que la trama estudiantil no da respuesta a un movimiento perfectamente sincronizado, organizado y financiado por alguien a quien pueda interesar el incendio de las calles europeas. Los servicios públicos como la sanidad o el transporte agonizan ante infraestructuras obsoletas y deficientes, la falta de personal y la corrupción o la mala gestión generalizada. Debido a la aparición de nuevas generaciones y la brecha que las separa de la realidad política, han surgido colectivos como Gen Z Regelt que se opone a reintroducir el servicio militar obligatorio, similar a otros surgidos en otros países que critican el alza de los presupuestos estatales orientados al incremento del gasto en defensa, la generación Z opuesta rotundamente a Emmanuel Macron por gobernar de espaldas a las necesidades del futuro de la juventud o el fenómeno Blocus que llama al desorden público utilizando la infraestructura digital del sistema a coste cero. ¿A quién beneficia toda esta situación que asfixia aún más a la ya de por sí deteriorada realidad del ciudadano medio europeo? Lo cierto es que la imagen de los violentos disturbios, las barricadas incendiadas, la llamada al pillaje indiscriminado, la desestabilización, la inseguridad, la fragmentación social, el descontento juvenil y la crisis económica global hacen que se cree un clima de tensión que ahuyenta el turismo, la inversión directa y fractura el escenario político o aumenta la polarización social. Investigaciones periodísticas señalan a diferentes organizaciones que podrían estar detrás del apoyo económico a los colectivos civiles involucrados en la generación del caos generalizado que ha invadido las ciudades.

            Joseph Schumpeter inspiró el concepto de destrucción creativa, según el cual las crisis limpian el mercado de actores económicos poco influyentes para fortalecer a los poderosos. Para él, el capitalismo necesita destruir el orden económico establecido para resetearlo e iniciar un nuevo modelo. Sería, siguiendo esta tesis, el propio sistema el que se beneficiaría de su propia destrucción, bajo la doctrina del shock y la reestructuración económica. Naomi Klein elaboró la teoría de La doctrina del choque, The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism en el año 2007. Para la periodista canadiense ante una situación de descontrol y violencia, la sociedad se desorienta y trata de sobrevivir. Esa situación de parálisis es instrumentalizada por el poder para desmantelar el estado de bienestar y privatizar los servicios públicos, criminalizar la disidencia y aumentar el aparato represivo y de control social.

            A través de la canalización del descontento, se produce además un beneficio de corte electoral y una fragmentación de la base social. Diego Fusaro, sostiene que las democracias modernas carecen de una alternativa real, al no existir una diferencia entre izquierda o derecha, fenómeno que provoca que la política pendule entre partidos políticos que aplican el mismo programa sobre la praxis de la acción de gobierno, una vez alcanzado el poder. Para Fusaro, los líderes y los medios crean un discurso contrario al establishment para conducir el descontento y anestesiar la posible reacción de la masa social descontenta, al mismo tiempo que vacían de contenido los debates para focalizar la atención en errores de gestión de las políticas públicas, los casos de corrupción o las disputas entre políticos de tendencias aparentemente opuestas. Sin embargo, la violencia en las calles no genera un cambio real, ya que actúan como una válvula de escape y un elemento de disidencia controlada al servicio de las élites.