jueves, 29 de octubre de 2026

Elecciones sangrientas


            Medio siglo nos separa del año 1975, tiempo suficiente como para no dejar a la Historia el análisis póstumo de un hecho que es ya algo más que una mera evidencia. Si analizamos las dieciséis elecciones generales celebradas o convocadas desde 1975, y sumamos el número total de atentados terroristas y accidentes catastróficos que han repercutido a gran escala en el plano político en plena campaña o precampaña electoral, nos encontramos con siete sucesos de gran impacto nacional y, si al ámbito nacional, sumamos el panorama autonómico y municipal, el cómputo de procesos electorales salpicados, condicionados o golpeados por la tragedia sobrepasa ampliamente la decena, lo que demuestra cómo la historia política española ha convivido de forma recurrente con escenarios especialmente críticos en periodos de campaña. Más allá de la acción terrorista o los accidentes catastróficos, los desastres meteorológicos o sanitarios también han sido protagonistas e irrumpido con fuerza modificando el curso normal de no pocas campañas no generales.

            De todos esos acontecimientos, por no citarlos en su totalidad, pero sí en aquellos casos más llamativos, podemos recordar el atentado de 1979 en el que ETA asesinó a seis personas en fechas próximas a los comicios. Semanas antes de las elecciones de 1982, la banda terrorista cometió tres asesinatos y colocó artefactos explosivos en Bilbao. En las elecciones municipales y autonómicas de 1995 tuvo lugar el brutal atentado contra el entonces líder de la oposición, José María Aznar y el asesinato del concejal del PP en San Sebastián, Gregorio Ordóñez. A escasos días del inicio de la campaña electoral, los atentados del 11-M de 2004 trajeron consigo la subida al poder del régimen de Zapatero.  La muerte del empresario Ignacio Uría asesinado en Azpeitia por su vinculación a las obras del Tren de Alta Velocidad vasco salpicó la normalidad electoral en 2008. En las elecciones municipales y autonómicas de 2011, sorprendidas por el terremoto de Lorca, todos los partidos políticos de ámbito nacional suspendieron los actos de campaña en señal de duelo y, para concluir, las elecciones autonómicas del País Vasco y Galicia de 2020 se vieron suspendidas por la pandemia de COVID.

Ofensivas de ETA, campañas de terror, asesinatos, tragedias meteorológicas, crisis sanitarias y últimamente los accidentes ferroviarios han protagonizado la suspensión de las campañas electorales, el cambio de rumbo político del país o la llegada al poder de fuerzas políticas en un momento concreto descartadas de la victoria electoral.

El hundimiento del petrolero Prestige frente a las costas de Galicia en noviembre de 2002 se convirtió en una de las crisis institucionales y medioambientales más graves de la democracia que provocó un giro político y el surgimiento del movimiento Nunca Máis. Una crisis ecológica que movilizó a la izquierda.

El accidente del vuelo 5022 de Spanair en 2008 que causó 154 muertos generó una tregua partidista, congeló la actividad política y reforzó a Zapatero alejándolo de los efectos de la grave crisis económica que el Gobierno negaba.

El descarrilamiento del tren Alvia en 2013 provocó 80 fallecidos. Fue la víspera del Día de Galicia, una jornada de alta carga política y simbólica en la región. Provocó el auge del discurso de Podemos y las mareas gallegas contra el bipartidismo tradicional.

El 11 de marzo de 2004, tres días antes de las elecciones generales, una cadena de atentados mató a 192 personas. Las encuestas previas otorgaban una victoria clara de Rajoy. Sin embargo, la gestión informativa del Gobierno generó una crisis de credibilidad que movilizó el voto de castigo masivo en menos de 48 horas. La participación subió de forma histórica y llevó a la Moncloa a José Luis Rodríguez Zapatero, un candidato al que los sondeos daban por descartado.

Ante la crisis, el electorado no solo juzga la situación de los partidos políticos o del país en general, sino que empatiza con la gestión de una catástrofe que actúa como un catalizador que acelera el desgaste de los gobiernos y beneficia de forma inmediata a quienes sacan rédito electoral de la tragedia.