lunes, 5 de octubre de 2026

29N

 

   España es un país entregado por entero al globalismo a lo largo de todo su espectro político con opciones reales de gobernar o de servir de llave para permitir abrir la gobernabilidad del país. Antonio García-Trevijano en su día criticó a los partidos políticos tradicionales y al sistema de partidos o partidocracia, desmantelando las etiquetas convencionales de izquierda y derecha y revelando cómo ambas no se manifiestan sino como herramientas funcionales al servicio del gran capital y del poder financiero internacional. La falsa dicotomía izquierda-derecha se reparte la cuota de poder institucional y el dinero, lo que García-Trevijano llamaba el consenso, constituyendo ambas categorías una mera representación superficial sometida a los mismos dogmas económicos y centros de decisión globales. Si bien la derecha española carece de cualquier principio racionalista, ordenador de una idea de nación o modelo económico propio y, más aún, de una mínima capacidad de organización activista o principio reaccionario que pudiera servir de alternativa, la izquierda institucional, contraria a los intereses de la clase trabajadora, es gestora del orden capitalista bajo el manto de la apariencia de ser el promotor de la defensa de las causas sociales. Los partidos políticos se posicionan, según esta línea de pensamiento, al margen de cualquier representatividad ciudadana, al estar financiados por la oligarquía económica, financiera y mediática. El rol de la izquierda no es otro que servir de brazo ejecutor de las políticas globalistas que dictan el FMI o la Unión Europea en detrimento de los intereses nacionales. La base electoral de la izquierda, amparada bajo el lema anticapitalista, obedece a ciegas la disciplina ideológica del partido que canaliza el descontento social por la vía parlamentaria e institucional, neutralizando cualquier resistencia real antisistema a ese capitalismo que pregona combatir. Así las cosas, la realidad se impone y no sólo la izquierda entregada a los dictados de la banca y los mercados globales desarrolla las reformas económicas en interés de la globalización en ciernes, sino la derecha más conservadora que se inhibe frente a una izquierda que, además, enarbola la bandera de la superioridad moral, el compromiso con la justicia social, el igualitarismo y presume de soberbia intelectual. El neolenguaje tecnocrático del radicalismo de izquierda, orientado a las grandes conquistas sociales o los derechos civiles, adoctrina y neutraliza al electorado y amortigua la posibilidad de llevar a cabo auténticas revueltas populares, sometiendo al pueblo entero a una pérdida de soberanía nacional y permitiendo la apertura del mercado a la especulación del capitalismo financiero global. Todo ello no persigue sino alcanzar y promover una auténtica gobernanza global por parte de la élite y la asimilación de las barreras nacionales bajo una estructura ideológica, política y económica integradora de diferentes países y áreas regionales. La excusa artificial para materializar un proyecto de tal envergadura no es otra que la necesidad de plantear grandes problemáticas de alcance global, como el cambio climático, las pandemias, las crisis económicas o los conflictos bélicos, para mostrar como única salida posible a cualquier resolución de los problemas globales las soluciones dictadas por instancias supranacionales sometidas a su vez al dictado de esa élite mundial. El advenimiento de la aldea global, por tanto, exige el intercambio cultural, la promoción de las migraciones, la hegemonía del control de las tecnologías de la información, el desarrollo de una conciencia cosmopolita y la eliminación de los partidos con principios de defensa nacional para debilitar la soberanía de los Estados nacionales. Por esa razón, el eje derecha-izquierda española no es sino más de lo mismo, globalización.