Alimentarse no es
sinónimo del acto en sí de comer. El ser humano necesita ingerir vitaminas y
minerales, grasas o azúcares, aminoácidos esenciales, proteínas, etc. La
carencia de los elementos básicos que constituyen la dieta humana, es sinónimo
de enfermedad.
La humanidad primero fue
recolectora, antes que cazadora, y después se prodigó en el cultivo, gracias a
la reciente agricultura. La clave primordial de la naturaleza, en cuanto a la
producción de frutos de todo tipo se refiere, no es sino la condición orgánica
del suelo que la sustenta, constituyendo éste, el suelo orgánico, un auténtico
misterio no resuelto todavía por la ciencia. En el ciclo natural de la biología
los animales comen, expulsan sus desechos orgánicos y mueren conformando una
estructura, gracias a su descomposición, que enriquece el suelo colmándolo de
minerales y microorganismos. Este ciclo, del que forma parte como un elemento
esencial el agua, hace que el flujo que corre a lo largo del cauce fluvial esté
cargado de materia orgánica, de amonio y nitritos fruto de los deshechos de los
peces, cuya transformación gracias a las bacterias en nitratos constituye el
alimento perfecto de las plantas que crecen en las orillas.
A lo largo de las
civilizaciones que han habitado o habitan el planeta, encontramos a tribus
africanas, nómadas, que deben recorrer largas distancias en kilómetros para
perseguir a la presa herida por sus armas, hasta que ésta cae y sirve de
alimento a sus cazadores, y otros pueblos cuyo esfuerzo se limita a estirar el
brazo para alimentarse, gracias a que la naturaleza se ha molestado en evitar
el trabajo de tener que esforzarse por conseguir la comida. La India o México,
son ejemplos de esto último, como consecuencia de la proliferación de una
biodiversidad rica en frutos que reúnen todas las propiedades necesarias para
una buena dieta.
Andando el tiempo, surgió
la agricultura que agotaba con su práctica los recursos del suelo. Para paliar
tal situación, se emplearon soluciones como el barbecho o la quema del suelo.
Los siglos pasaron sobre tales técnicas de cultivo, hasta que en pleno siglo XX
irrumpieron los agroquímicos y los plaguicidas, intoxicando tanto el suelo como
la flora y fauna colindantes al cultivo de los frutos también contaminados. El
desarrollo de la práctica permacultural, paralelo a la agricultura intensiva,
supuso el retorno al origen mismo de la naturaleza, fruto de su observación y
de la imitación en la medida de lo posible de su forma de actuar, abriendo la
vía de la agricultura del presente y del futuro.