El
devenir político moderno en España arranca bajo el reinado de Isabel II, sin
menospreciar el reinado de los Austrias menores y los primeros Borbones.
Arrastrando los problemas surgidos bajo la Guerra de los Treinta Años con la
sublevación de Cataluña, en la guerra de los Segadores durante el reinado de
Felipe IV, los problemas sucesorios de Carlos II y la repetición del problema
de la sucesión dinástica con la muerte de Fernando VII, la guerra sacudirá a la
Península Ibérica enfrentando al bando tradicionalista frente a los defensores
liberales de Isabel I. En el campo de batalla no se dirimió sólo la contienda
por la sucesión al trono entre la futura reina y Carlos María Isidro de Borbón,
hermano de Fernando VII, sino entre cosmovisiones radicalmente antagónicas de
la concepción de la realidad, ya fuera esta política, económica, social,
ideológica o religiosa. Si por un lado se enfrentaron los dos bandos
mencionados, el liberalismo en sí mismo considerado sufrió una división no
menos importante, entre el conservadurismo y el progresismo, con un perfil al
final de éste de tinte más radical, que cimentaría las futuras fracturas del
espectro político que llevarían al desenlace de los fracasos republicanos y que
desembocarían en la contienda civil de inicios del siglo XX.
El triunfo a la postre del liberalismo, con la
instauración en la Transición del Régimen del 78, en su reconciliación
conservadora y progresista tradicional, antes de la aparición de los nuevos
partidos de corte más radical, gestaron la aparición de una clase política sin
poder económico, basculante bajo la batuta del cada vez más poderoso entramado
empresarial nacional, que no deja de ser una ramificación de las grandes
corporaciones que dominan la Economía mundial. La presencia de las fuerzas
tradicionales, carentes de una masa crítica social como instrumento de apoyo,
constituyen el reflejo de un pasado aparentemente extinto, que se conserva tan
sólo en el espíritu de un porcentaje de la población, carente del poder
necesario para modificar el statu quo.
El sometimiento de la clase política liberal española a
los intereses económicos de los grandes grupos empresariales, sin alternativa
cierta, conlleva la supeditación de aquella al desarrollo de la agenda impuesta
por estos últimos, a la postre de navegar por las turbulentas aguas fruto del
cambio de paradigma económico mundial que vive la Economía con el fin del
Capitalismo, unido a la reordenación por el poder hegemónico de las grandes
superpotencias como son EE.UU., Rusia y China, y sin menospreciar los efectos
de la última revolución tecnológica.