El historiador y sociólogo Pierre Rosanvallon, analizando
la historia política de Francia, logra a través de su obra una interpretación
de incipiente interés para el caso español que nos ocupa, esto es, la desintegración
de nuestro Estado. El autor galo parte del peso centralista que
tradicionalmente le había sido asignado al modelo político francés, jacobino
por antonomasia, para llevar a cabo una sutil corrección y determinar que esa
idea de un Estado fuerte frente a una sociedad pasiva no es del todo exacta,
demostrando que el papel de la sociedad civil ha jugado un rol importante como
eslabón de resistencia frente a ese centralismo rígido, rompiendo la idea de
ser un bloque monolítico. Las demandas sociales son, en consecuencia, tenidas
en cuenta frente una de las características fundacionales revolucionarias, como
había sido la de prohibir aquellos elementos gremiales o asociacionales que pudieran
interponerse entre el Estado y el ciudadano.
Es, por tanto, un elemento fundamental de la sociedad
francesa la organización de la sociedad civil a través de sus elementos asociacionistas,
cooperativistas o mutualistas, como un modelo que resume la historia reciente a
expensas del resultado de la búsqueda del equilibrio entre la democracia
francesa y sus diferentes tensiones internas. Frente a un incuestionable
colapso institucional, como es el caso español actual, ese modelo de
autogestión y la búsqueda constante de contrapoderes se erigen en la determinación
de una necesaria instauración de la revitalización de la sociedad civil como
eje de canalización de la libertad y la democracia frente a la inacción o
despotismo estatal.