lunes, 23 de febrero de 2026

Digitalismo o barbarie


La administración electrónica no es tan sólo una realidad, sino una agenda impuesta que ha llegado para quedarse, pero no para hacerlo en beneficio del ciudadano, sea o no competente desde el punto de vista del uso de las herramientas digitales, sino para ser impuesta por la fuerza, aunque perjudique a la gran mayoría de los ciudadanos que, con sus impuestos, pagan y sostienen una administración que no les presta un servicio de calidad mínima suficiente a la hora de ser atendidos en un centro público de salud, pedir una beca, solicitar una prestación o realizar cualquier otro trámite. Lo importante del nuevo modelo de atención digital, es que los datos cuadren en los ministerios correspondientes, como dogma de fe, convirtiendo el servicio público en una mera hoja de cálculo de trámites realizados por internet. Así las cosas, la eficiencia es la dictadura de la ratio y la implantación de un marketing digital, que convierte la administración en el espejismo de una hoja de Excel.

La política es hoy multicanal y omnisciente, y los niveles 30 ya no son el destino de la competencia, la jerarquía o la excelencia profesional, que cabría esperar de los puestos más altos de dirección, sino simples comisarios políticos nombrados a dedo por libre designación, entre quienes han hecho carrera previa en el partido, los sindicatos o los gabinetes de asesores. Tienen por tanto el rango, pero no el conocimiento técnico y sí la incompetencia para resolver problemas reales.

La vida de despacho al margen de la cara del ciudadano, la capacidad para redactar instrucciones farragosas imposibles de aplicar, el agujero negro de la libre designación por el que se cuela la nulidad y la incompetencia, los puestos de confianza, los profesionales de la silla, el ascensor del carnet, los tribunales amigos, la endogamia, los interinos de oro o las irregularidades en el sistema de oposición libre, han hecho del mérito y la capacidad un eco de un pasado que, en este caso, siempre fue mejor.

El resultado no es otro que la radiografía de un desastre ejemplificado en la queja recurrente ante el muro de las lamentaciones del ciudadano, que tiene que hacerse con un certificado digital y matricularse en un máster en informática para gestionar sus asuntos administrativos y poder evitar así el ser atendido por la dictadura de la cita previa, el caos del sistema digital, el desprecio del funcionario quemado de la ventanilla, la ilegibilidad de las normas, los errores del sistema o la atención blindada del teléfono fantasma de la administración que nunca atiende, porque está diseñado para que la ratio de la digitalización de la Sede Electrónica siga subiendo.