Honoré
de Balzac, una de las más altas plumas de la literatura francesa, defenestró al
monstruo revolucionario de 1789, y el consiguiente vacío moral que trajo
consigo.
Es todavía costumbre entre los liberales de
salón, su cerrazón en considerar la Revolución Francesa como un mal que tuvo
que suceder necesariamente para liquidar los valores absolutistas y
eclesiásticos del Antiguo Régimen, causa y principio según ellos de todos los males
pasados, presentes y futuros. Los afrancesados, ávidos de progreso y
modernidad, siguen viendo el estallido del 2 de mayo de 1808 frente a aquel
ejército invasor, que saqueaba iglesias y fusilaba civiles, como el momento
exacto en el que España perdió la oportunidad de subirse al carro que trató de
hacer germinar el espíritu de la Ilustración y el enciclopedismo, como
elementos inequívocos de la cultura, la libertad, la modernidad, el progreso y
el triunfo de la razón.
Balzac
recogió meticulosamente y puso por escrito las frases más sobresalientes de
Napoleón. En una de ellas, dejó constancia evidente de la total y absoluta
falta interés y de intención alguna del general francés por exportar a España
revolución alguna, ni principios ilustrados que pudieran valer o justificar una
intervención militar. Nada más lejos de la realidad de principios, de su propio
puño y letra, Bonaparte sentenció con pesar que casi nadie había entendido que
la guerra de España, que terminó convirtiéndose en la úlcera de
Napoleón, había sido en realidad su intento por dominar el Mediterráneo. La
frase recoge una lógica geopolítica aplastante, expresada de primera mano por
su autor, recogida por el escritor francés y reducida a la necesidad de contar
con una plaza para hacerse con el control del Mediterráneo y asegurar el
bloqueo continental contra la influencia británica. La Grande Armée, la
herramienta que sirvió para redefinir el mapa de Europa, imbuida de la meritocracia
revolucionaria y considerada la maquinaria más avanzada al servicio del genio
napoleónico, consumió sus recursos y soldados para ser derrotada en el campo de
batalla, por la resistencia del pueblo español en armas. Para Balzac, la
Revolución de la libertad y el progreso, fue en definitiva el advenimiento de
una burguesía cínica e individualista y carente de un orden sagrado, bajo cuyo
dictado las palabras no valían nada y todo se compraba con dinero.