jueves, 19 de febrero de 2026

¿Sabía De Gaulle demasiado?


De Gaulle entendió desde el primer día de su exilio en Londres, que tanto Roosevelt como Churchill no querían liberar a Francia, sino convertirla en un protectorado de los intereses angloamericanos. Los grandes bancos de Wall Street, como J.P. Morgan, habían preparado el terreno de la financiación aliada, sabedores que las guerras son maquinarias devoradoras de capital, desde una perspectiva puramente económica. Si Gran Bretaña o Francia perdían la guerra, se corría el riesgo de no recuperar la inversión, asunto clave que determinó la entrada de Estados Unidos en el teatro de operaciones de la Segunda Guerra Mundial, a expensas de la presión del incipiente complejo industrial-militar y el nacimiento de la guerra industrializada. Así, empresas pertenecientes a los sectores siderúrgico, químico o armamentístico alemanas y británicas no sólo se enriquecieron, sino que lo hicieron gracias a su estrecha vinculación con las finanzas, cerrando el círculo que unía la guerra con el sistema financiero. No es casual por ello, que poco antes del inicio de la Gran Guerra de 1914, tuviera lugar la creación en 1913 de la Reserva Federal de EE. UU., ideada como un sistema bancario centralizado con el poder de imprimir dinero de la nada y capaz de financiar un gran conflicto de alcance mundial.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Francia se encontraba arrasada por el conflicto bélico y sometida, en el terreno político, al auge imparable del Partido Comunista, que representaba la fuerza más votada. La élite financiera sentía un pánico real frente a la posibilidad del triunfo de una revolución bolchevique, capaz de provocar una nacionalización a gran escala. De Gaulle se convirtió en el único activo capaz de frenar la situación, y revertirla en aras de lograr el mantenimiento del orden y la conservación del bloque occidental frente al área de influencia de Stalin. Por ello, pudo desarrollar sin límites ni obstáculos a su acción de gobierno, un proyecto personal de soberanía política consistente en desarrollar la bomba atómica como elemento de disuasión y plantar cara al incipiente globalismo, manteniendo a raya al comunismo y dejando que el capitalismo funcionara bajo el estricto discurso patriótico del jefe del Estado, eso sí, desafiando el dominio del dólar y mandando barcos de la armada francesa cargados de dólares a EE. UU. para exigir su inmediata restitución por oro físico. Sin embargo, un caballo de Troya iba a ser instalado a la diestra del gobierno francés, como jugada maestra de la élite financiera, de nombre Georges Pompidou, un alto empleado de la banca Rothschild, encargado de manejar los hilos de la política económica de Francia. Cuando llegó el momento, tras la salida militar de la OTAN del país galo y los intentos de desmarcarse de la alta finanza por parte de De Gaulle, llegó Mayo del 68 y el desahucio de un gobierno hostil a los intereses de la élite mundial. Al final, quien se quedó con las llaves de Francia fue la banca financiera, bajo la promulgación de la "Ley Pompidou-Giscard", Ley 73-7, que prohibía expresamente al Banco de Francia prestar dinero al Estado sin intereses, obligando al país francés a endeudarse desde 1973 hasta nuestros días.