De
Gaulle entendió desde el primer día de su exilio en Londres, que tanto
Roosevelt como Churchill no querían liberar a Francia, sino convertirla en un
protectorado de los intereses angloamericanos. Los grandes bancos de Wall
Street, como J.P. Morgan, habían preparado el terreno de la financiación
aliada, sabedores que las guerras son maquinarias devoradoras de capital, desde
una perspectiva puramente económica. Si Gran Bretaña o Francia perdían la
guerra, se corría el riesgo de no recuperar la inversión, asunto clave que
determinó la entrada de Estados Unidos en el teatro de operaciones de la
Segunda Guerra Mundial, a expensas de la presión del incipiente complejo
industrial-militar y el nacimiento de la guerra industrializada. Así, empresas pertenecientes
a los sectores siderúrgico, químico o armamentístico alemanas y británicas no
sólo se enriquecieron, sino que lo hicieron gracias a su estrecha vinculación
con las finanzas, cerrando el círculo que unía la guerra con el sistema
financiero. No es casual por ello, que poco antes del inicio de la Gran Guerra
de 1914, tuviera lugar la creación en 1913 de la Reserva Federal de EE. UU., ideada
como un sistema bancario centralizado con el poder de imprimir dinero de la
nada y capaz de financiar un gran conflicto de alcance mundial.
Tras
la Segunda Guerra Mundial, Francia se encontraba arrasada por el conflicto bélico
y sometida, en el terreno político, al auge imparable del Partido Comunista,
que representaba la fuerza más votada. La élite financiera sentía un pánico
real frente a la posibilidad del triunfo de una revolución bolchevique, capaz
de provocar una nacionalización a gran escala. De Gaulle se convirtió en el
único activo capaz de frenar la situación, y revertirla en aras de lograr el
mantenimiento del orden y la conservación del bloque occidental frente al área
de influencia de Stalin. Por ello, pudo desarrollar sin límites ni obstáculos a
su acción de gobierno, un proyecto personal de soberanía política consistente
en desarrollar la bomba atómica como elemento de disuasión y plantar cara al
incipiente globalismo, manteniendo a raya al comunismo y dejando que el
capitalismo funcionara bajo el estricto discurso patriótico del jefe del Estado,
eso sí, desafiando el dominio del dólar y mandando barcos de la armada francesa
cargados de dólares a EE. UU. para exigir su inmediata restitución por oro
físico. Sin embargo, un caballo de Troya iba a ser instalado a la diestra del
gobierno francés, como jugada maestra de la élite financiera, de nombre Georges
Pompidou, un alto empleado de la banca Rothschild, encargado de manejar los
hilos de la política económica de Francia. Cuando llegó el momento, tras la
salida militar de la OTAN del país galo y los intentos de desmarcarse de la
alta finanza por parte de De Gaulle, llegó Mayo del 68 y el desahucio de un
gobierno hostil a los intereses de la élite mundial. Al final, quien se quedó
con las llaves de Francia fue la banca financiera, bajo la promulgación de la "Ley
Pompidou-Giscard", Ley 73-7, que prohibía expresamente al Banco de Francia
prestar dinero al Estado sin intereses, obligando al país francés a endeudarse desde
1973 hasta nuestros días.