sábado, 21 de febrero de 2026

Hoja de ruta


            Es un hecho consumado, que las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial para Europa pueden traducirse y resumirse en dos conceptos básicos, un continente divido y una Rusia fortalecida.

            Sin embardo, dentro de la URSS, el movimiento tectónico que sacudió su nacimiento, puede analizarse como una fuerte sacudida protagonizada por vectores internos que pugnaban por un continuismo de la ruta original, al servicio de quienes financiaron la caída de los zares, y un intento de ruptura por parte de los que pretendían hacerse con el control posterior de la situación. La eliminación de los bolcheviques por Stalin, no fue sino un proceso quirúrgico para eliminar la competencia y organizar el poder del Estado en torno a su figura. Tras un viraje de vuelta de izquierda a derecha, Stalin eliminó a Trotsky sirviéndose del ala moderada, para después borrar del escenario a Bujarin. En términos de realpolitik y geopolítica de alto nivel, el líder soviético trató de manejar a su antojo la alta finanza internacional para crear la URSS.

Según autores como Antony C. Sutton, existe una clara conexión entre el ascenso de los regímenes totalitarios de principios del siglo XX, con Wall Street y el Nuevo Orden Mundial. En su obra, Sutton analiza cómo los banqueros de Nueva York, Londres y la Reserva Federal financiaron a los bolcheviques, para eliminar a la Rusia zarista y crear un régimen como subterfugio al que poder extraer todos sus recursos naturales. Para el profesor británico, el proceso de industrialización que Stalin llevó a cabo tras la guerra civil, fue fruto de la transferencia de tecnología, gracias a las transferencias realizadas por los bancos de occidente, siguiendo el mismo método que había servido a Wall Street para lograr el ascenso de Hitler al poder. Durante la Gran Depresión de 1929, Stalin se sirvió de las finanzas para obtener créditos, a cambio de la cancelación de la deuda rusa mediante el pago de oro y cereales, por lo que pudo mantener la solvencia frente a los bancos de la City y Wall Street. Los acuerdos de Bretton Woods, supusieron el arranque del nuevo orden financiero, con la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. La URSS rechazó adherirse a los dictados del FMI y creó, en su lugar, el COMECON, un sistema financiero para el bloque del Este. En un clásico juego geopolítico, Stalin se sirvió de las finanzas internacionales para levantar su imperio, para después tratar de cerrarles las puertas. Ese intento de instrumentalizar las fuerzas económicas que lo habían ayudado en su punto inicial, fue la excusa necesaria para que esas mismas manos provocaran su inusual y extraña muerte. La fecha de su defunción está marcada por un simbolismo oculto y de marcado significado esotérico, por lo que no sería extraño pensar que dicho día no fuera sino la firma de su autoría. Tras la muerte del dictador y la progresiva relajación de costumbres dentro de la URSS, llegó la Perestroika como proceso de reforma económica liberal al servicio de la inversión extranjera, dirigida por Mijaíl Gorbachov en la década de 1980, que provocó el colapso de la URSS en 1991. La caída del Muro de Berlín en 1989, supuso el fin de los regímenes comunistas de los países del Este, como Polonia, Hungría o Alemania Oriental. Tras dicho proceso, tuvo lugar el golpe de Estado de agosto de 1991, protagonizado por parte del sector inmovilista del Partido Comunista, que se oponían a cualquier tipo de reforma. El golpe fracasó, y permitió a Boris Yeltsin conducir a la Unión Soviética a su disolución en diciembre de ese mismo año, trayendo consigo las privatizaciones masivas, la entrega de recursos como el gas y el petróleo provocando el nacimiento de los oligarcas y el sometimiento de Rusia a las directrices del FMI, que conllevaron una hiperinflación que aniquiló los ahorros del pueblo ruso.

George H.W. Bush, en un discurso pronunciado en el Congreso, el 11 de septiembre de 1991, anunció al mundo el advenimiento del "Nuevo Orden Mundial", el final de la Guerra Fría y el reemplazo del rol de gendarme de los Estados Unidos por una cooperación internacional basada en el trabajo conjunto para enfrentar agresiones externas. Era el triunfo de la consagración del modelo liberal entendido como el destino inevitable de todas las naciones o, en términos de Francis Fukuyama, "El fin de la historia". En Europa, por su parte, Jacques Delors y Valéry Giscard d'Estaing se convirtieron en los arquitectos de la construcción de la Unión Europea, centrada en la estabilidad monetaria y la apertura hacia una política económica global.

Sin embargo, la preocupación que domina hoy en los pasillos de Bruselas es la pinza geopolítica bajo la que ha quedado atrapada Europa, frente al desafío de la energía como arma de Putin y la política de Trump basada en sus medidas aislacionistas mercantilistas y arancelarias, consistentes en poner fin al paraguas de seguridad de la OTAN y en exigir que Europa pague por su propia defensa. Una Europa sin identidad, sometida a los dictados de una guerra híbrida, es la viva imagen del fin del sueño que Giscard d'Estaing ayudó a construir. Al igual que la instrumentalización de la Segunda Guerra Mundial por parte de la alta finanza internacional para crear un nuevo orden económico tras su fin, hoy Putin y Trump están siendo utilizados por las mismas fuerzas de Davos para forzar la reestructuración profunda de Europa. Frente a tal iniciativa y, ante el fracaso del sueño federalista de Delors, la autonomía de la Europa de las patrias propuesta por De Gaulle se abre paso como única voz para lograr una autonomía estratégica que pudiera evitar la total fragmentación del tablero de juego europeo. El "Nuevo Orden Mundial" anunciado en 1991 como una era de cooperación, ha desembocado en un escenario en el que las reglas internacionales se han roto en aras del nacionalismo y el proteccionismo, al servicio todos ellos de una agenda única como telón de fondo.